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<title>Lucy In The Sky</title>
<link>http://lucyinthesky.bitacoras.com</link>
<description>Lucy In The Sky</description>
<language>es-es</language>

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<title>Le decíamos Bichiloqui</title>
<link>http://lucyinthesky.bitacoras.com/archivos/2005/07/02/le-deciamos-bichiloqui</link>
<description><![CDATA[ Le decíamos Bichiloqui. Era nuestra maestra de séptimo, la de ciencias naturales y matemática.  Siempre me molestaron las de naturales y matemática, y yo a ellas.  Supongo que porque no me gustaban las materias, y además no era buena en eso.  Nadie es bueno en lo que no le gusta.  <br /><br />Decía que las de matemáticas no me querían, y Bichiloqui no era una excepción.  Le decíamos así porque tenía los ojos separados y grandes, y la parte superior del cráneo también era más grande que el resto, como ET.  El pelo ralo estaba teñido de rubio y cortado carré, pero sin la caída que normalmente tienen los cortes carré, porque tenía poco pelo.  Y se vestía onda años setenta, como si en esa época hubiese tenido plata para comprarse ropa y después, en los ochenta, no tuvo más. <br />
Bichiloqui es un apodo ingenuo ahora que lo pienso, pero en esa época nos creíamos malísimas por llamarla así.  O quizás por el origen del término: bicho loco. No sé a quién se le habrá ocurrido, pero la explicación del momento fue que bichi venía de bicho, por lo fea y loqui de loca, por lo loca.  <br />
Usted es insoportablemente desconfiable, me dijo una vez.  Me estaría copiando en un examen, o leyendo un ejercicio ajeno como si fuera mío.  Yo me sentí mal, y las chicas en el recreo me lo repitieron varias veces: insoportablemente desconfiable.  La burlaban a ella, pero igual.  Creo que todas nos quedamos un poco mal por eso.  Pero yo quedé peor.<br />
Quedé peor porque me di cuenta de que Bichiloqui lo debía saber desde la primera vez que me vio, y que solamente lo dejó escapar porque estaba enojada.  Lo que no entendí fue la reacción de mamá.  Cuando le conté lo que había pasado, no le gustó nada. Y no le importó lo que yo había hecho, dijo que una maestra no puede decirte algo así.  Te está diciendo que no te soporta y que no puede confiar en vos, a vos, que sos una nena, me dijo. <br />
Incluso fue a quejarse al colegio, pero yo seguía sin entender.  Si para ella no era ni insoportable ni desconfiable, ¿ qué importaba lo que me pudiese decir una maestra, y más tratándose de Bichiloqui?  Mamá hizo tanto escándalo que hasta logró que me pidiera disculpas, lo que me dio mucha vergüenza porque ella y yo sabíamos que no estaba siendo sincera.  Todo eso –las falsas disculpas, la reacción de mamá, las burlas de las chicas que siguieron por varios años más- hizo que “insoportablemente desconfiable” tomara dimensiones inesperadas. <br />
Quizás porque la suya era una frase retorcida, compleja, de esas que una mujer le puede decir a otra mujer.  Le decíamos Bichiloqui, pero para mí fue un chamán, y su frase un pase mágico de la niñez a la adolescencia.  Como hacían las tribus de antes con la primera menstruación, sólo que en vez de Pluma Blanca o Águila Brava, mi nombre fue Insoportablemente Desconfiable.  <br />
Le decíamos Bichiloqui, pero quizás fue el sacerdote de un segundo bautismo, que en vez de nombre santo eligió nombre profano, y en vez de usar agua bendita me salpicó con agua turbia.<br />
Le decíamos Bichiloqui, pero lo más probable es que fuese una sacerdotisa, su escritorio un oráculo, y su frase una profecía de los años por venir.<br />
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<title>"German girls are cold"</title>
<link>http://lucyinthesky.bitacoras.com/archivos/2005/06/12/german-girls-are-cold2</link>
<description><![CDATA[ Estaba en Venecia buscando un hostel.  Como no encontraba ninguno, quise encontrar a alguien.  Es fácil: miro a la persona - mujer o varón de cualquier raza o edad- y la reconozco enseguida.  Siempre hago lo mismo: cuando estoy lejos y perdida, busco a un causi (1).  Esta vez no necesité ni buscarlo, levanté los ojos del mapa y lo vi mirando el suyo, perdido como yo.  Le pregunté si estaba buscando hostel y me dijo que sí, y le pregunte si quería que buscáramos juntos y también me dijo que si.  Los causis siempre te dicen que sí.<br /><br />En Buenos Aires me pasa lo mismo pero al revés.  Todo el tiempo estoy queriendo relacionarme con extraños.  No mucho, porque si no dejarían de serlo.  Por ejemplo, veo a alguien subiéndose a un taxi y enseguida me quiero meter en el taxi con esa persona, ir a donde ella  va, hacer lo ella hace, etcétera (2).  <br />
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Otra cosa que hago cada tanto es ir a un restaurant chino cuando está lleno, y si veo una mesa grande con chinos me acerco y les pregunto si no les molestaría hacerme un lugar.  Enseguida me traen una silla y de vez en cuando me sonríen y hasta me ofrecen comida. ( 3)<br />
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El de Venecia era turco.  Tenía veintitrés pero parecía más. Yo le llevaba dos años, no mucho pero lo suficiente como para descartar cualquier posibilidad de romance.  Me contó que había nacido en Estambul pero que ahora vivía en Alemania, cerca de Frankfurt.  Se llamaba Akin, pero se pronunciaba sin la i: “ Ákn”.  <br />
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Finalmente encontramos un hostel de mala muerte y bastante caro, pero ya me habían dicho que en Venecia la cosa era así.  Además iba a dormir en la misma habitación que Ákn – un causi- y otro australiano que no era causi pero no importaba.  Tres camas en total, la mía la del medio porque no me dieron tiempo a elegir.  Yo estaba preocupada porque roncaran, pero les pregunté y me juraron que no, así que no me hice más problema.  Nunca me hago problema cuando viajo, salvo cuando me pierdo. <br />
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Aunque todavía era temprano –como las cinco de la tarde- se estaba haciendo de noche porque era otoño.  Le pregunte a Ákn qué iba a hacer y me dijo que primero iba a pagar la estadía y después a recorrer un poco.  Y que si quería íbamos juntos, pero me pareció que tardaba mucho así que salí sola.  Como no tenía sentido mirar el mapa empecé a seguir a la gente, y en una hora ya estaba en la Plaza San Marcos.  Venecia es linda y todo, pero no pude evitar sentirme como Teseo sin el hilo de Ariadna.  Cuando quise volver, no me acordaba por dónde había llegado. <br />
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Me puse nerviosa y tuve escalofríos, y cuando tengo escalofríos me sube la fiebre.  Debía estar en los treinta y ocho grados cuando me encontré con Ákn.  Me preguntó por qué no lo había esperado y no me acuerdo qué le contesté.  Me dio una aspirina que sacó de su mochila, y esperamos a que se me pasara un poco para emprender la vuelta.  <br />
De noche los restaurants de la plaza San Marcos sacan sus mesas afuera y las orquestas de cada lugar se turnan para tocar, así que estuvimos entretenidos.  Cuando la fiebre bajó, volvimos hasta el hostel en silencio y pude dormir tranquila y sin ronquidos. (4)  <br />
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Al día siguiente quedé con Ákn que íbamos a recorrer la ciudad.  Los dos llevamos mapas y compramos pasajes para los barcos-colectivos, pero igual nos costaba ubicarnos.  Por ejemplo, queríamos ir a la Galería de la Academia y terminábamos en el Palacio Mocenigo   Yo me las arreglaba para preguntar direcciones en italiano, pero cuando me contestaban no entendía bien. (5)<br />
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Mientras caminábamos, Ákn me contó de su vida en Alemania.  Las alemanas son frías (6), me dijo.  Están con vos una noche y a la mañana siguiente ni te saludan.  Le pedí que me hablara de las mujeres de su país, y me dijo que a su mamá le habían arreglado el matrimonio. ¿ En serio? le pregunté.  Que feo, pensé.  Se me debe haber notado porque él me contestó que no estaba tan seguro de que fuese feo porque la vida se les hacía a todos más simple.  Puede ser, dije.   <br />
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Los dos habíamos llevado mapa pero no teníamos reloj.  Y el mapa daba igual porque no nos servía en ese laberinto.  ¿ Qué hora será? me preguntó Ákn en un momento.  Le contesté: deben ser las cinco menos cuarto.  Consultó a uno que pasaba por ahí.  Las cinco menos cuarto, dijo el hombre. <br />
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Me volvió a preguntar la hora después de un rato, y la volví a pegar.  Después me la pedía de tanto en tanto, como un juego.  Yo acertaba siempre, hasta en los minutos.  A él le parecía rarísimo, y vista desde afuera a mí también (7).  Lo único que me preocupaba era que estuviésemos perdidos, pero un causi y una súper-ubicación en el tiempo ayudaban a que no me dieran escalofríos.<br />
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Logramos volver al hostel entre los mapas y las indicaciones en inglés, porque en un momento Ákn me dijo que dejara de preguntar en italiano si no iba a entender la respuesta.  Esa noche salí a comer afuera sola porque si hay algo que me gusta, es ir a comer sola afuera.  Cuando volví estaban mis dos compañeros durmiendo, y al día siguiente me desperté temprano y fui a la estación para comprar un pasaje.  En el tren me acordé que no lo había saludado a Ákn.  (8)<br />
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1. Cada vez que papá llegaba a un lugar acogedor o cálido, decía ¡ Qué causi!.  Imitaba a Luci Paschero, una amiga de mamá que en vez de decir cousi – por cozy- decía causi.   <br />
2. El otro día esperaba el 92 y como no llegaba aproveché y pregunté a tres que estaban en la cola si querían compartir taxi, pero eso sólo lo hago cuando veo que hay quórum. <br />
3. Una vez traté de hacerlo con unos polacos en un restaurant polaco, pero me dijeron que no.<br />
4.  Los causis no mienten.<br />
5. En Francia me pasó lo mismo, pero peor.<br />
6. “ German girls are cold”.<br />
7. Desde adentro nada de lo que me pasa es raro.<br />
8. Supongo que no me gusta despedirme de un causi.<br />
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<title>Strip Tease</title>
<link>http://lucyinthesky.bitacoras.com/archivos/2005/02/16/strip-tease</link>
<description><![CDATA[ Tenía siete años cuando vi un strip tease por primera vez.  Los strippers eran mis compañeros de clase, que por plata se bajaban los pantalones.  Las stripper-payers eran mis compañeras.  Supuestamente podían verlos sólo las que pagaban, pero ellas me dejaban entrar igual.  La mentora de todo se llamaba Vanina.  O Carla.  Carla podía darse ese lujo porque siempre llevaba plata de más.  Y yo siempre tenía plata de menos. <br /><br /> <br />
El show se hacía en el recreo largo, en el aula de segundo grado, y los strippers se subían al escritorio de la maestra.  Nosotras los mirábamos desde los bancos.  Raro, pero tampoco nada del otro mundo.  A mí me parecía bien porque era gratis.  Y tampoco era lo único que ligaba gratis.  Por ejemplo Carla, la que llevaba plata de más, siempre me convidaba con la comida que le sobraba.  Yo no decía que tenía hambre, pero ella igual me convidaba.  <br />
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Supongo que porque no me consideraba competencia.  El NEA era un colegio privado, y mis compañeras competían por la plata.  A mí, en cambio, me tenían de confidente: “ Irina cree que tiene plata- me decía Ariana- porque tiene cinco barbies.  Pero yo tengo seis, más la casa”.  <br />
No estaba tan mal.  Era como si me dijeran:  No estás calificada para participar en el torneo, pero te damos la mejor ubicación en primera fila.<br />
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Me acuerdo de uno de los strippers, Mariano, el más lindo y el más galán.  Decía que él por nada del mundo se bajaba los calzoncillos.  “ Los pantalones sí, pero los calzoncillos no” le decía a Carla, que trataba de que el show repuntara porque ya estábamos un poco aburridas de tanto calzón.  Mariano era tan caballero que si te sentabas cerca de él en el almuerzo, te servía agua.  Yo casi no comía porque no me gustaba lo que daban en el colegio, así que el agua era muy importante para mí.<br />
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Carla era la que más plata ponía para el show.  Y mientras tanto, yo miraba.  Si tuviese plata la gastaría en comer, pensaba.  Pero Carla no era la única que llevaba de más.  Había otro chico, un año más grande, al que los padres le daban tanto que en los recreos compraba golosinas de más y las tiraba por el aire, y yo trataba de atraparlas como soltera desesperada por el ramo de la novia.<br />
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El aula no tenía ventanas, y cerrábamos la puerta para que nadie nos viera.  Algunos se hacían los graciosos y meneaban las caderas.  Era mejor que hacer los juegos de siempre.  Aunque sea, era diferente.  Y como dije, nos parecía lo más normal.  Normal también me terminó pareciendo el hambre que tenía.  Creo que tan normal que ni se los decía a mis padres.  Y a ellos también les parecería normal, porque nunca se acordaban de darme plata para la escuela.  O quizás me daban, pero no lo suficiente.  <br />
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Normal no le pareció a nadie cuando las autoridades del colegio se enteraron del tema de los strippers.  Hubo reunión de padres y todo.  A nosotros nos vino a hablar la directora, pero no entendí nada de lo que dijo.  O mejor dicho, no entendí cuál era el punto.  Pero se notaba que ellos veían que algo estaba mal, muy mal.  Y eso que no eran estrictos.  <br />
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Hubo tanto escándalo que hasta mis padres, que ni siquiera miraban mi cuaderno, me preguntaron qué había pasado.  Se notaba que era más por curiosidad que por verdadera preocupación.  Creo que les divertía que fuesen varones los que se desnudaban.  ¿ Y vos también los mirabas? preguntó mamá.  No, dije. ¿ Por qué no? Porque no me alcanza la plata.  Ah bueno, dijo mamá, menos mal que no te sobra.  <br />
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